Friday, January 29, 2010

Stalag 339

Siempre me ha sorprendido que la cuestión judía sea entre nosotros, aparte de asunto bíblico que no acaba de cicatrizar en Palestina, materia rancia de libros de historia (lejanas estupideces de sus católicas majestades, nostálgicos éxodos sefarditas, meritorios museos como el del call de Gerona) y no haya nada parecido a la Giornata della Memoria que en Italia recuerda a las víctimas, también italianas, del Holocausto. Aquí se vive intensa y recurrentemente, baste pensar en el andén 21 de la estación Central de Milán, de donde salían los convoyes para Mauthausen (reservado ahora a exposiciones alternativas), en los guetos de Venecia o de Roma, tan activos todavía hoy, o en la Mole Antonelliana de Turín, que nació como gran sinagoga y ha terminado siendo Museo Nacional del Cine. O en el escalofriante testimonio de Primo Levi. Pocos saben, sin embargo, que Italia tuvo su propio campo de exterminio, regido por las SS y las milicias fascistas y ubicado en una antigua arrocera del barrio triestino de San Sabba. Judíos, partisanos y militares del Ejército italiano que, tras el armisticio (8.9.1943), se desbandaron tomando el mejor partido que se les ofreciera, se afanaban en talleres de sastrería y zapatería en espera de ser deportados a otros lager de Alemania y Polonia de más negra reputación, pero también aquí podían despachar sus cuerpos al horno crematorio (construido por una metalúrgica de Trieste según los planos del especialista Erwin Lambert), en número impreciso que algunas fuentes, como los documentos personales incautados que se conservan en el archivo estatal de Lubiana, cifran en 5.000. En alguna dependencia se alojaban las barraganas ucranianas que acompañaban a las tropas del Reich (ironías de la historia, ahora se emplean en trabajos doméstico-asistenciales para sostener el bienestar italiano), que en su huida y siguiendo la práctica habitual dinamitaron el recinto. El gobierno italiano declaró el horrendo despojo monumento nacional y hoy se visita —magnificado por uno de tantos arquitectos cementistas— en cuanto museo de la Resistencia. Sólo en 1976 se pudo juzgar a un tal Oberhauser, cervecero de Múnich, y a otro tal Dietrich Allers, abogado de Hamburgo, respectivamente comandante del campo y responsable del centro Tiergarten 4 para la eutanasia de discapacitados mentales y físicos, que había recalado en la vieja capital austrohúngara después de tapar "bocas inútiles" en media Europa. Pero el primero fue condenado en rebeldía (entre Italia y Alemania, la extradición se aplica a crímenes ¡posteriores a 1948!) y siguió tranquilamente con sus lúpulos hasta su muerte pocos años después, y el segundo falleció antes de que se dictase sentencia. Entiendo bien a mis amigos hebreos Pinuccio e Donata cuando confiesan que, aún hoy, temen atravesar tierras tudescas siquiera sobrevolándolas.

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Tuesday, January 26, 2010

Desespera

Hoy me fijo en uno de esos "títulos menores" en la filmografía de un autor. Hachiko, para Hallström, habrá sido probablemente un tentempié del ánima, rodado con mucha simpatía y complicidad por parte de sus actores y sin la presión de los grandes compromisos productivos. Es, sí, un tanto mazapán, con su bonhomía rampante y su pueblo feliz movido de buenos sentimientos, pero dentro del celofán arde una llama que no se deja apresar, banalmente, en una historia cara a los amigos de los apólogos o de los animales. Por el contrario, este cuento de amor perdido habla de nosotros, del flash que es nuestra vida y de cómo querríamos retener a los nuestros, al precio que fuese. Nos resistimos —porque no entendemos— a la desaparición de lo que nos es más querido y exigimos su presencia viva, no representada, la perentoria materialización de un deseo imposible ("No cielo, ¡Juan!", gritaba la moribunda buñueliana). Es el desgajarse de una entraña cada vez que nos muere -vacío irrellenable- ese alguien que sabe mucho de nuestro yo íntimo: porque nos ha acompañado, o amado, o parido. Del mismo modo, cuando el Principito domestica a la zorra, ésta ve su vida iluminada porque deviene un ser ÚNICO entre todos los seres. Hace falta paciencia —pues las palabras son "fuente de malentendidos"—, pero al final obra el milagro: no se conoce sino aquello que hacemos nuestro y de cuya suerte nos hacemos responsables. También dice la zorra sabia que, no obstante lo compremos todo, no hay ni puede haber vendedores de amigos. Como Hachiko, es feliz esperando cada día, a la misma hora, la llegada del amigo, en tanto "se prepara el corazón". (Estremece pensar que la madre de Saint-Ex, después que dieran por perdido el avión, siguiera esperándole durante años.) Hidesaburõ Ueno, el profesor tokiota que sirve la anécdota, realmente acaecida en los años 20, supo de algo que va más allá de la fidelidad: diría sin arrobo que en aquel akita inconcebible latía la fe, pues procediendo ambos conceptos / sentimientos del mismo raigón latino, su espera tenía mucho de la gran ilusión humana, demasiado humana. Que un trozo de naturaleza debelara con amor a la muerte tocó definitivamente el panteísmo japonés. La estación del barrio de Shibuya (aunque ambos yacen juntos en el cementerio de Aoyama) exhibe un monumento al amigo inquebrantable, rehecho porque el primer bronce fue fundido durante y para la guerra; había muerto, con 11 años, de lo que los poetas llamarían una muerte propia: roído por el gusano del corazón (Dirofilaria immitis). "Qué solos se quedan los muertos", cantaba Bécquer, pero también, sin ellos, los vivos, y más en esta soledad de masas donde pocas veces se espera y las más se desespera.

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Thursday, November 26, 2009

Cascos arcoiris

Los ingredientes son conocidos: reportero de guerra en busca de sí mismo, conflictos emparentados en la historia USA (Vietnam / Irak), unidades especiales con tácticas sicológicas, campos de prisioneros en medio de ninguna parte (el espectro de Guantánamo, al que Winterbottom descendió sin máscaras), pero el cóctel que combinan Los hombres que miran a las cabras resulta explosivo por amasar dos principios radicalmente antitéticos: la no violencia, utopía remozada con toques new age, injertada en la violencia por antonomasia, institucionalizada en esa aberración que conocemos como fuerzas armadas. O lo que es lo mismo: cómo desplegar el flower power (una mirada irónica a la soñadora década que cerraba Woodstock) en el seno mismo del ejército, imperial por más señas, que naturalmente no puede ni debe consentir semejantes experimentos de dudosa eficacia y lesa hombría. Al debutante Grant Heslov (coescribió con Clooney Buenas noches y buena suerte) le ha salido una película que, arrimando alguna caricatura al esperpento, trabando mejor la arquitectura de un guión que por momentos yerra, como sus personajes, a la deriva, podrían firmar los Coen, de quienes toma prestados a algunos de sus actores fetiche: Jeff Bridges —que reedita al viejo Lebowsky lisérgico— y George Clooney —que dibuja estos papeles autoparódicos, en los que ha empeñado, con no poca incorrección política, a su propia productora, Smoke House—. Poco sé del periodista-novelista Jon Ronson, aparte sus incursiones en el documental, sus encuestas sobre conspiradores mundiales o su devoción —generacional— por George Lucas, que convierte en nuevos Jedi a estos guerreros del arco iris que se estampan, una y otra vez, contra el muro de la realpolitik, revestida de infantiles y, como tales, perversos esquemas ideológicos atravesados por choques civilizatorios y ejes del mal. Digamos que, mientras el hombre sea hombre, la plena abolición de los ejércitos seguirá siendo un grafito nocturno y clandestino, pero el giro pacifista es, como gritaban los Boston, lustrados en la banda sonora, "más que un sentimiento": una necesidad que periódicamente vuelve y nos interpela.

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Afroitalianos

Criaditas etíopes y somalíes abrillantaban las casas bien de la Roma fascista, que reclutaba así mano de obra gratis de las sacas del imperio, batido en avanzada victoriosa por los verdugos del negus y sus aterrorizados ras. Italia había violado flagrantemente el Pacto de Amistad con Abisinia, es cierto, pero qué querían, si a la vez había abolido la esclavitud... Luego esos mismos especímenes de importación eran pasto de las risas en el Corriere dei piccoli (aventuras rimadas del negrito "Bilbolbul") o Il balilla, tebeos-doctrina para educación de pequeños colonos. Llovía sobre mojado, pues ya el médico-antropólogo Lombroso (El hombre blanco y el hombre de color, 1871) hipotizaba para la "raza negra" un eslabón perdido entre la humanidad y la bestialidad. De entonces acá muchas savias han confluido, al punto de poner en cuestión la blancura D.O.C. de los italianos. Como la ignorancia es tozuda, se sabe, la hinchada futbolera (vómito en el vómito) todavía corea perlas como "Negro di merda!" o "Uccidete Kakà!", e insiste, falaz, en la cantinela de que no hay italianos negri. SúperMario Balotelli, futbolista del Inter, nacido en Palermo y criado en Brescia, está ahí para desmentirlo. Pero no es una excepción. Fiona May o Magdalene Martínez son atletas; Laura Sampedro, actriz; Jean-Léonard Touadi, diputado del Partido Democrático; Paulette James y Nadege, modelos de alta costura; y san Calógero, patrón de una parte de Sicilia, o la virgen de Loreto, venerada en Siena, o el Cristo negro de Crema (Cremona), que llevaron a los racistas norteamericanos a vilipendiar la "negritud" de los inmigrantes italianos, son ejemplos de un fenómeno cada vez menos anecdótico. El programa "Black italians", producido por la Rai (por su tercer canal, sin duda el más progresista, el de mayor enjundia cultural), recuerda que no pocos ítalos serían hijos de Aníbal, aquel que, como cantaban en su debú los napolitanos Almamegretta (= alma emigrante), no sólo cruzó los Alpes sino su sangre y la de sus 90.000 soldados con la de los indígenas de la península a quienes habían derrotado. Permanecieron una veintena de años, y eso da para muchos intercambios. Rama, compañerita de mi hijo en la guardería, llega todos los días de la mano de su guapísima mamá etiópica: ambas de un ébano resplandeciente, elegantes, alegres, confiadas. Pero han de llevar cuidado: la agravante de clandestinidad, la obligación para los médicos de denunciar a los inmigrantes irregulares que acudan a estructuras sanitarias públicas, la xenofobia difusa o, simplemente, la mixofobia, son factores que están poniéndoles difícil la tranquila convivencia en este país. Incluso si aquí les extendieron la partida de nacimiento.

Tuesday, October 27, 2009

Misosofía y letras

Que la gestión cultural caiga a menudo en manos del más obtuso —y orgulloso— ignorante no es cosa sola de españoles, ni siquiera de aragoneses. La zafiedad de políticos tales raya en el esperpento. El otro día asistí en la Villa Recalcati de Varese a un encuentro literario, dentro del Premio Piero Chiara / Festival de la Narración. El invitado era el escritor noir Massimo Carlotto, publicado en España por Emecé y Glénat y de cuyo Amor y odio de un gitano en Guernica (relato y luego, bajo el título de Tomka. El gitano de Guernica, también cómic) traduje algunos pasajes para un ensayo sobre la literatura italiana y la guerra civil española (PUZ, colección Humanidades). El asesor (diputado) provincial de Cultura, elegido en representación de la Liga Norte, no ha leído una línea de sus premiadas novelas (tiene el Grinzane Cavour y es finalista del Edgar Allan Poe) y trabuca su bibliografía adjudicándole, por ejemplo, El prófugo en lugar de El fugitivo, que fue su debú. Mientras hace bromas con su primo, al que ha sentado a la mesa sin ton ni son, ríe divertido las evocaciones de Carlotto sobre su amigo Beniamino Rossini "el Milanés", mítico contrabandista afiliado al PCI que pasaba tabaco y licores por la frontera suiza y que, además de suminitrarle el personaje homónimo, socio y ex colega de prisión de su detective Aligátor, le concedió una larga entrevista, poco antes de que un cáncer le fulminara, con la que elaboró la biografía Tierra de mi alma. El acto concluye con un coloquio surrealista en que Carlotto, para responder a sus numerosos lectores, debe soportar los cortocircuitos, completamente fuera de contexto, del moderador en torno al orden público. Pero qué se puede esperar de fulanos que blanden refinados eslóganes como "Estamos por Romeo y Julieta. No al orgullo Gay", "Basta de impuestos, basta de Roma ladrona", "Padania cristiana, jamás musulmana", "Dueños de nuestra casa: ningún voto a los inmigrantes", "Ellos sufrieron la inmigración; ahora viven en reservas indias" o "Sí a la polenta, no al cuscús"... Y que, apenas conquistan un ayuntamiento, lo primero que hacen es liquidar la oficina de juventud, relegando a sus "izquierdosos" animadores a oscuros puestos de retrobiblioteca. La cultura, que como anticipó Debord tampoco escapa a la espectacularización mercantil, puede desde luego degenerar en bochornoso show. Sobre todo si la controlan fieros mentecatos.

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Monday, October 26, 2009

Una de nazis

Venciendo mi reluctancia (crítica laudatoria, fans incondicionales, estomagante publicidad), entré a ver lo último de Tarantino, zorro oportunista del pastiche y la contaminación genérica. Malditos bastardos se presentaba como la enésima revisitación de la guerra desde el punto de vista norteamericano, llena de clichés triunfalistas y falsedades históricas (por todas, la superposición nazis-alemanes), pero me topé con algo de mayor calado que no podía no atrapar mi curiosidad cinéfila. Angulando a placer sus espejos deformantes, el bastardo de origen abruzo mete esta vez en el túrmix el espionaje (una primera actriz del Reich oficia de Mata-Hari), el policiaco (un cazajudíos de las SS es aquí el cínico sabueso), el teatro (ecos de Ser o no ser de Lubitsch / Brooks) y hasta el western (el comando infiltrado tras las líneas alemanas se cobra las cabelleras de sus víctimas). Y de Sergio Leone, a quien ya citó en Reservoir Dogs, es también la matriz del duelo, que Tarantino acota en huis clos. Otro italiano, invitado a un cameo, le dio el título y el borrador inicial: Enzo G. Castellari. Me entretengo en el capítulo de homenajes porque, explícita o implícitamente, Tarantino lanza guiños a directores como Riefenstahl, Pabst, Clouzot, Aldrich, Hitchcock, Fassbinder, Margheriti... Y a actrices como la Dietrich o Lilian Harvey. Trueba no está en la lista, pero les une el hecho de recrearse en un Goebbels de opereta y de haber rodado en los estudios Babelsberg, que fueron de la UFA. Hay quienes reprochan la duración excesiva e incluso la inconcluyente verborrea de los diálogos, pero a mí me han trasladado la mecánica del suspense, folletinescos quizá pero funcionales a una bien construida estructura capitular (de modo especial, en boca de Christoph Waltz: melifluo, gran villano). Siempre, claro, que admitamos la palmaria inverosimilitud, casi tebeística, de este cine-dentro-del-cine donde no faltan la dark lady ni la gang de expeditivos métodos. La traca final, con el futurible del asesinato de Hitler que muchos planearon y sólo Tarantino, pirotécnicamente, resuelve, es buen ejemplo de su terrorismo cinematográfico.

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Wednesday, September 30, 2009

Los otros apartheids

En Desgracia, de Steve Jacobs, Malkovich está cosido a uno de esos papeles a medida que le han hecho torvamente célebre. Un profesor de literatura de la Universidad de Ciudad del Cabo, manchado su honor tras acostarse con una alumna prevaliéndose de su autoridad y sufrir un consejo de facultad que le desposee de la plaza, vive un exilio voluntario en la granja biológica de su hija, hippie trasnochada, donde tiene la oportunidad de medirse con las contradicciones de la Sudáfrica ex bóer. Una Sudáfrica rural, profunda, que lenta pero inexorablemente está experimentando un radical cambio de tornas: el poder blanco es casi anecdótico, y propiedades y recursos naturales están pasando a manos de la población autóctona en una (más o menos explícita) revancha que no ahorra episodios de violencia. La novela breve de John Maxwell Coetzee ya había despertado, por su crudeza, opiniones encontradas, pero lo que más sorprende de su estrategia narrativa es que nunca se hace explícita la dimensión del conflicto: son personas las que humillan o matan, violan o abusan de su poder, sin importar su extracción social ni su adscripción étnica. El deseo arrastra a todos por igual, también una indecible crueldad con los animales (santo y seña del Nobel surafricano), víctimas de nuestra misma espiral autodestructiva, y al fondo, como corolario, la amarga constatación de la inmodificable nefandad de la naturaleza humana, no obstante sus coartadas civiles o civilizantes. Escribo esto mientras Polanski vive su propia caída en desgracia, por causa de una hipocresía puritana que usa a conveniencia el criterio de la minoría de edad y se muestra ejemplarizante cuando de famosos se trata, siendo sus debilidades objeto de fácil explotación, mediática y lucrativa. Detención política donde las haya, porque a nadie se le oculta que el bien jurídico en cuestión no es la libertad sexual de la muchacha (ahora cuarentona con hijos y olvidada del affaire de adolescencia) sino el supuesto, evanescente honor de la comunidad puesto en peligro. "Nadie castigaría a un animal por seguir sus instintos", dice el profesor Lurie, y el hombre lo es más allá de sus pieles culturales o artísticas; su hija, en cuyas entrañas crece el mestizo fruto de una violación, es quizá quien mejor lo ha entendido. Ella será el eslabón con una nueva forma de concebir África: integrada y atribal, abierta y multirracial.

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Friday, September 25, 2009

Estado invertido

Cascina Torchiera, norte de Milán; una alquería ocupada por un colectivo ácrata al lado del cementerio Mayor. Viernes noche, lluvia intermitente, cena campesina. El concierto, viejas canciones partisanas remozadas al gusto neo-folk, pop e incluso electrónico, discurre con la normalidad que piden los puños nostálgicos, los retornos del fantasma del Che y la impotencia airada contra el líder máximo, que acaba de cumplir 73 interminables años. El casal, aunque el ayuntamiento ha tratado de abatirlo por diversos medios —cortándole el agua, ordenando su desalojo y demolición por razones de salubridad o habitabilidad—, hospeda laboratorios teatrales y de gimnasia acrobática, un cinefórum, cursos de italiano para extranjeros, debates y presentaciones, y arropa su ideario con palabras de sabor antiguo como "autogestión, agregación, contrainformación, prácticas políticas directas, contracultura", en rescate de las minorías urbanas que todavía se resisten a la homologación campante. A dos pasos ha abierto, casi como una provocación, un círculo fascista cuyo emblema luce una calavera pirata sobre la bandera italiana: Cuore Nero se titulan, ufanos de las camisas negras de sus abuelos, y pronto se inaugurará la sede milanesa de CasaPound (usurpando con supina ignorancia la memoria de Ezra Pound, que no puede reducirse a su lamentable exaltación de Mussolini), que se propone defender "el patrimonio ideal y humano que el fascismo italiano ha construido con inmenso sacrificio", convencidos de que "la política no es servicio sino dirección, voluntad". Estos tipos van mano a mano con los neonazis alemanes, los bóers, el Ku Klux Klan, la fundación Pinochet, la hinchada salvaje de los estadios y las 'ndrine calabresas, pero se fotografían —sin disimular el saludo romano— con la alcaldesa Moratti o ministros de Alianza Nacional. Nunca antes, bajo la Constitución republicana salida de la Resistencia, habrían tenido legitimidad partidos como Fuerza Nueva, Llama Tricolor, La Derecha, Acción Social o Frente Social Nacional, pero ahora el gobierno les ha dado carta blanca y hasta les subvenciona. La Cascina Torchiera venía a ser, pues, un precario oasis en medio del desierto triunfante: de acuerdo con los músicos, dediqué el concierto al finado poeta Rolando Mix, mi amigo, también él traicionado, ay, por los tiempos, y a la salida una batería de coches patrulla, camuflada en una gasolinera en busca de peligrosos subversivos, nos echó el alto y tomó buena nota de nuestras identidades. Como en los peores escenarios de la historia que nunca debió ser.

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Friday, June 26, 2009

Muchachas flor

Una exhaustiva monográfica de Utagawa Hiroshige, procedente de la Academia de Arte de Honolulu, me zambulle en los radiantes colores de las estampas Ukiyo-e. Escultóricas azafatas de la Fondazione Roma puntean el recorrido con el moldeado charol de sus cabellos, ajustado quimono oscuro, tacón de agujas y sonrisa de plata que bien podría suprimir toda otra iluminación, y cuando uno se pregunta cuál es la función —si guía, acompañante, acomodadora— de estos espléndidos guayabos llega a la conclusión de que no es otra que la de embellecer más, si cabe, la belleza ínsita en las xilografías. Es decir, que fueron contratadas como humano ornato, por su evidente appeal para el público (¿sólo masculino?), amante o no de la propuesta expositiva, como si no bastasen sus compañeras, éstas sí en normal atuendo y maquillaje el justo, que atienden en taquilla, bar y librería-tienda. Y no es que el comité científico, presidido por Gian Carlo Calza, probado en otras muestras orientalistas de prestigio, haya declinado el rigor crítico en aras del espectáculo; es sólo que algo, inevitablemente, sibilinamente, se ha contagiado del ambiente general que se respira en Italia. Las mancebas de Berlusconi, que arriesgan ser confundidas con prostitutas de lujo (algunas lo son) por conquistar un papelillo en las televisiones del amo, no son más que la punta del iceberg de lo que está pasando con la condición femenina en este país. Mientras las urnas respaldan una y otra vez este estado de cosas, muchas mujeres confiesan en privado su escándalo y su aborrecimiento por la involución moral y el chabacano machismo imperantes. Gustar a toda costa, farsi bella, triunfar por el pubis (a cada una según sus procacidades) y pillar marido rico está conduciendo a una generación de italianas a despeñarse por el precipicio de los más rancios y superados modelos macho, en el fondo misóginos, que llevan aparejado un miedo cerval a envejecer —no al quirófano, por muy atroz que sea el Mefistófeles de guardia— y a ser rechazadas bajo criterios exclusivamente exteriores: la Primera Dama, litigante con su todavía esposo, es un paradigma viviente.

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Thursday, June 25, 2009

Pinchacorazones

Rock radiofónico y radiotónico, radio-piratería, rebelión cultural en las ondas. Una comuna flotante en el Mar del Norte, nave de los locos lanzada contra SAR británica, programa música sin parar, noche y día, lo mismo que cualquier radiofórmula de nuestros días sólo que en pleno 1966, frente a una BBC hegemónica y clasicona y, oh bendición, sin el tósigo de la publicidad. Esto es Radio encubierta, película-manifiesto del neozelandés Richard Curtis quien, como Stephen Frears / Nick Hornby en Alta fidelidad —allí un disquero, aquí unos pinchadiscos—, destila nostalgia de una década, entusiasmo transgresor (acostarse con la familia real, una fantasía buñueliana), gozo iniciático (R&R, drogas, sexo y, por qué no, amor) y, entre medias, alucinada búsqueda del padre, ya sea biológico o espiritual. Hablando de éstos, a muchos nos salvó en horas bajas la pionera escuela de Radio 3, aquella primera oleada de "pinchas" que el Ente, vía expediente de regulación, ha ido mandando a casa: Juan de Pablos, Ramón Trecet, José Miguel López, Jesús Ordovás, Antonio Fernández, Carlos Galilea, Rodolfo Poveda, Juan Claudio Cifuentes, Lara López (la única fémina, igual que en el barco de marras; directora ahora, por cierto, y defenestradora de sus colegas)... La película brinda momentos mágicos como el del viejo DJ que bracea tratando de salvar de las aguas su colección de vinilos, lirismo subacuático potenciado por Cat Stevens ("Father and son"), o el hundimiento del paquebote Radio Rock con toda su tripulación, algo así como la muerte de la música de la balada de McLean ("This'll be the day that I die..."). Rodados con una estética de carátula sesentera, no parece sino que los DJs fueran los mismos "conjuntos" que —en arrolladora BS— desfilan por el audio: Kinks, Rolling, Hollies, Who, Dusty Springfield, Procol Harum, Moody Blues, Turtles, Isley Brothers... En contraste, por grisura y silencio burocráticos, con el señor Branagh, habitante de una de las covachuelas de cultura del gobierno laborista de la época que, todo él caricaturesco —Curtis homenajea al grotesco de Richard Lester—, se saca una ley contra delitos marinos para acabar con los insumisos hertzianos. Algunos han criticado su excesivo metraje porque, como todo corte de buen rocanrol, debe consumirse en su propia, fulgurante intensidad, pero otros habríamos deseado poner de nuevo a flote esa tabla de ritmos para que no se apagase nunca la alegría de vivir.

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Wednesday, May 27, 2009

Comediantes de antaño

Muchos consideran la commedia dell'arte un artículo de anticuariado, alojado en esmaltadas historias de la literatura, mientras que ha sido tradición popular y muy viva en Italia hasta el pasado siglo, cada vez que el Piccolo Teatro de Strehler la actualizaba en sus periódicas reposiciones de Goldoni, dramaturgo veneciano que volvió a insuflarle vida durante la Ilustración. Estábamos en San Marino, presentando una exposición y una vídeo-entrevista al editor Casiraghy, cuando en la plaza porticada del Borgo Maggiore unos cómicos de la legua montan su tabladillo en un pispás y empiezan a dar rienda a nuevos Pulchinela, Pantalón, Arlequín, Colombina, en una transmutación continua de lances y escenas, todo a la vista, que hacía pensar en las vertiginosas maneras de Fregoli. Il Carro dei Comici, así se hacen llamar, es una compañía de Pésaro creada en Montreuil por Carlo Boso, escultor además de sus prodigiosas máscaras y autor de la obra que vivía ante nuestros ojos, Moros en Venecia, mezcla del Shakespeare más veneciano (Otelo, Romeo y Julieta) con el Simbad de las Mil y una noches y los engaños de amor goldonianos. Aquello era un prodigio de gesto, canto, baile, pantomina, remedo del ralentí cinematográfico (y hasta de la cámara atrás); no en vano la Académie Internationale des Arts du Spectacle, dirigida por Boso, nació en los mismos locales que vieron los estudios Pathé Albatros, donde, entre otros, trabajaron Renoir, Clair o Buñuel. En un cierto punto, respetuosamente, interrumpen la farsa por el funeral que las campanas pregonan en la iglesia vecina; momento que aprovechan para merendar en la chocolatería de la dama vienesa que les ha contratado para festejar el cumpleaños de su hija Mimí, obviamente amadísima de sus compañeros. Reanudada la función, como si tal cosa, nos adentramos en la cálida noche sanmarinesa bajo una lluvia de balas de cañón que el público dispara generosamente sobre el escenario. Se necesita "una gran dosis de inconsciencia" para rodar por el mundo con esta profesión, me confiesa el capocómico, arrimados a un champán los pocos incondicionales que nos hemos quedado imantados a las butacas. Se aprestan a viajar al festival internacional de mimo de Reus y luego, casi sin transición, al país de los ayatolás: modular el humor, común a la humana condición, con una decena de palabras vernáculas y un sexto sentido para enganchar con el auditorio o su circunstancia, he ahí toda su fórmula. Bien lejos del dicterio de nuestro Moratín, que, viajero por Italia, encontraba en esta vieja comedia "mil chocarrerías indecentes, acciones puercas, (...) alusiones continuas (...) no menos contrarias al decoro del público que a las buenas costumbres y a la modestia": exceso de moralismo para esta gozosa forma de convivio donde la palabra desnuda, y la excelencia del actor, sin aditamento ninguno de aparato escénico, son, todavía y por fortuna, una constante celebración de la vida.

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Tuesday, May 26, 2009

Deriva mussoliniana

A pesar de la decepción de Cannes, Marco Bellocchio ha trazado en Vencer un convincente y oportuno retrato político de la Italia anterior a la guerra que, salvadas las distancias, encuentra paralelismos en el régimen berlusconiano y su voraz presidencialismo, a costa de los demás poderes del Estado, su desvergonzado revisionismo histórico y la defensa de una antropología o religión autoritarias donde no importa tanto la atrocidad de cuanto se legisla o predica cuanto el triunfo de la voluntad, el éxito personal a despecho del prójimo, que será siempre un adversario, un competidor a batir. No parece sino que el cineasta de Piacenza hubiera entrado en campaña electoral para resistir, a su modo, el "credere, obbedire, combattere" del nuevo César, por citar aquellos infinitivos tonantes que eran munición del filósofo Gentile pero cuyo eco vuelve peligrosamente en época de crisis y desmemoria. La película, sostenida en su verosimilitud por documentales Luce, se centra en aquel "Mussolini socialfascista" (Giorgio Bocca) o "pequeño-burgués" (Paolo Monelli) que velaba sus armas en Milán, ardoroso editorialista del periódico socialista Avanti!, del que era director, y su relación amorosa con Ida Irene Dalser, mujer arrebatada que lo vendió todo (muebles, joyas, apartamento, el salón de belleza que era su medio de vida) por su héroe, financiando incluso otras aventuras periodísticas como el fascista Popolo d'Italia, y le dio a su primogénito, Benito Albino, ambos recluidos en manicomios, con generosa ración de electrochoques y malaroterapias, hasta hacerles desaparecer, literalmente, en cuanto podían entorpecer la ascensión del líder en quien se iban a espejar millones de italianos: "él fue uno de ellos -recuerda Bellocchio, que ha querido huir del folletín del hijo secreto, sobre el que han corrido ríos de tinta-: maestro, poeta, soldado, campesino, padre afectuoso, marido, amante", y eso explica cómo todavía hoy su efigie abunda en los baratillos, su duro perfil arquitectónico sigue irguiéndose en muchas ciudades, la cultura respira una decadencia que algunos no dudan en calificar de bajoimperial y, lo que es peor, sus herederos políticos saldan, sin hallar quien se les oponga, la coalición de gobierno.

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Sunday, April 26, 2009

Nosotras

No hacía tanto que protestaba contra la supresión por el gobierno del derecho a la propia muerte cuando se puso a escribir, en Suiza, un diario de 50 páginas, titulado Componer una muerte, en que decía adiós a sus libros, a su gata, a sus cosas de Calabria, afirmaba ser dueña de sí misma, hasta las últimas consecuencias, y explicaba su mutis y el método con que iba a hacerlo. Tres meses de concienzuda preparación para ingerir el veneno barbitúrico que la tumbaría en el hotel Esquilino de Roma. Roberta Tatafiore era una periodista y socióloga comprometida, referente del pensamiento progresista y siempre pronta a terciar en cuantas polémicas han embestido a la mujer italiana de la posguerra, hasta su reducción a triste velina o maniquí televisivo. Escribió en órganos de izquierda como el feminista Noidonne o Il Manifesto, dirigió la revista mensual Lucciola, del comité para los derechos civiles de las prostitutas, y hasta un boletín oncológico, donde era una activa voluntaria, pero sufrió una inexplicable involución ideológica, quizá un cansancio o un descrédito de la utopía ligada a la Mujer nueva, y acabó dando sus artículos a diarios conservadores como Il Secolo d’Italia (sección “Telma & Louise”), Libero o Il Foglio. Como ensayista, sus campos de trabajo eran la prostitución y la pornografía: De bello fallico (subtitulado Historia de una mala ley sobre la violencia sexual), Uomini di piacere (con el consecuente subtítulo: …y mujeres que les compran), Sesso al lavoro (subtítulo: De putas a sex-workers. Mitos y realidades del eros comercial), monografías que operaban la inversión del punto de vista, la hurga en el alcantarillado del bienestar y la provocación programática: ninguna traducida en nuestro país. Que cualquier mujer debería poder permitirse su cuota de sexo mercenario y que las que ofrecen su propio cuerpo por dinero realizan una prestación laboral como las demás, sin que hayan de ser redimidas ni reeducadas bajo instancias morales, son propuestas transgresoras incluso para militantes históricas. Hay quienes están leyendo en el gesto supremo de su muerte, autodeterminada y políticamente significativa, que también su tiempo, el del feminismo combativo y todavía no integrado, ha tocado a su fin; otras, en cambio, intuyen un dolor insondable que no supo o no quiso resistir, fuera de naturaleza íntima o consecuencia del malestar profundo de una cierta Italia que pudo ser y no ha sido. Dicen y no dicen sus cartas pascuales, ya póstumas: "Dejad que me adormezca como Safo. Lo he elegido yo; quedaos tranquilos". Oh bella, ciao!: 66 años al humo de rosas...

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Thursday, April 23, 2009

Baila París

El cine clásico nos acostumbró al show in progress: cuando el montaje de un espectáculo, desde sus difíciles tanteos iniciales a su apoteosis final, constituye el espectáculo mismo, la fábula toda de la película. Faubourg 36, nueva prueba musical del tándem Barratier-Jugnot, es un ejemplo perfecto de cómo un viejo cliché narrativo atraviesa sucesivas puestas al día. Esta vez "a la francesa", cabría decir sin incurrir en obviedades, puesto que la baza jugada es eminentemente, tópicamente parisién (al punto de que la distribución española ha remachado con un sonoro París París), es decir, un barrio y un teatro que visten los colores de Toulouse-Lautrec, una muchacha en flor (la deliciosa Douce: Nora Arnezeder) cuyas ambiciones artísticas han de pagar las insidias del mafioso de turno y un teatrero de honradez tatiana (monsieur Pigoil: Gérard Jugnot) a quien, dada su incapacidad para sacudirse la enfermiza bohemia del actor, las autoridades arrebatan al hijo querido, acordeonista callejero por más señas. Un mélo en toda regla, por consiguiente, que ambientado en los días del Front Populaire de Léon Blum, aquel que paradójicamente negó el pan y la sal de las armas a su homónimo español y ni siquiera supo atajar el ascenso del fascismo-antisemitismo internos, tiene el espesor suficiente para atraer al público amante de las historias con Historia. El vértigo efectista de Luhrman o el pictorialismo de Huston se revelan en este nuevo Moulin Rouge -aquí llamado Chansonia- una ocasión propicia a la emoción y a la diversión, con su punto moralizante, resumido en el entierro del terrible humorista Jacky Jacquet (Kad Merad), tentado de colaboracionismo pero al fin, amigo de sus amigos, arrepentido y víctima de la violencia de las escuadras negras. Muchos desconfían de estos viajes sacarinos al mito de una ciudad, pero vale la pena afrontarlos si es con las gafas espectaculares bien caladas y el ánimo filodramático a su máxima potencia.

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Saturday, March 28, 2009

Pueblo de la Libertad, yo te saludo

"2009 ha venido colmado de medidas dirigidas a modificar, poco a poco pero inexorablemente, la conciencia y la vida civil italianas: mientras Berlusconi utiliza mediáticamente la tragedia familiar de Eluana para restañar sus relaciones con el poder eclesiástico y minar la autoridad de los jueces y del presidente de la República, sus agentes preparan la respuesta definitiva a la emergencia del país con una serie de proyectos de ley y decretos que indican a las claras los objetivos de la legislatura: reformar la Constitución; someter a los fiscales al albur político; aumentar controles e injerencias en el Consejo Superior de la Magistratura; poner en cuestión el derecho de huelga; reducir la venta de kebab en los centros históricos; fichar a los que carecen de residencia fija; vender propiedades públicas a favor de bancos e immobiliarias a precios de saldo; fiscalizar las relaciones entre prensa y poder judicial; cortar las ayudas a los museos; limitar la capacidad investigadora de la policía; reducir la financiación a los ayuntamientos centralizándola en la capital, donde parece oportuno prohibir que se coma cucuruchos de noche; tipificar el delito de clandestinidad; prohibir dormir en bancos de la calle; quitar a los ciudadanos la libertad constitucionalmente garantizada de disponer del propio cuerpo mediante testamento biológico; constreñir a los médicos a denunciar a sus pacientes sospechosos de ser extranjeros irregulares; introducir el permiso de residencia por puntos; restringir las normas sobre reagrupamiento familiar y matrimonios mixtos; aumentar la reclusión para delitos ligados a la inmigración; dotar de nuevas armas a la policía local; evitar la emisión de cheques de desempleo; no inscribir en el registro a los hijos de los clandestinos; cortar los fondos a la universidad; organizar un G8 en medio del mar sin peligro de contestación y utilizando mano de obra barata; otorgar licencia de armas de caza apenas cumplidos los dieciséis años; eliminar supuestos del catálogo de especies protegidas; permitir disparar a animales domésticos cuando molesten; libertad de embalsamación; equiparación a todos los efectos entre partisanos y combatientes de la República de Salò de cara a una pensión más ficticia que otra cosa, tratándose de una generación ya bastante diezmada; ampliar las superficies edificables incentivando la ilegalidad y la cementificación incontrolada; autorizar rondas de ciudadanos racistas con fines intimidatorios; reforzar el frente bélico aumentando los contingentes de tropas en el exterior; usar instrumentos legislativos veloces, como el decreto-ley, para eludir el debate parlamentario y posibilitar que el primer ministro y pocos más puedan emanar normas por sí solos; destinar más recursos a las televisiones; incrementar el número de centros de detención para inmigrantes pobres, aunque sean clamorosamente inconstitucionales y violen los más elementales derechos humanos, elevando los tiempos de permanencia en su interior; vigilar y, eventualmente, bloquear páginas web y blogs molestos; agilizar la disolución ex lege de asociaciones no adeptas; relanzar la energía nuclear sin dejarse amedrentar por sus evidentes contraindicaciones medioambientales; privatizar las fuentes de agua, etc., etc." (Extracto del prólogo a un libro sobre historia oral de la Resistencia que acabo de entregar a la imprenta).

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Wednesday, March 25, 2009

Camino a la vejez

No puede decirse que Clint Eastwood mejore con la edad, porque siempre ha rayado en la excelencia en los distintos oficios del cine, pero a ella acompasa los argumentos que elige cada vez con mayor hondura y, al mismo tiempo, con menor énfasis o subrayados retóricos. La historia del jubilado Kowalski, antiguo combatiente en Corea (menos productiva que Vietnam para el imaginario fílmico pero igualmente traumática para una generación de sus compatriotas), es un hermoso poema a la amistad, al trabajo bien hecho, a la reconciliación con el pasado y a la redención a través del sacrificio personal, valores a la baja en una América, la película lo cuenta, degradada por las gangs juveniles -no menos raciales que racistas, hiperviolentas, automarginadas en su fanfarrona soledad de barrio- y por una clase media mezquina, olvidadiza, injusta con sus mayores, aquellos que han pagado con sangre su estúpido bienestar. Pero que a lo mejor puede ser rescatada por las minorías de origen no europeo, tradicionalmente aplastadas por los primeros inmigrantes WASP. Otro contraste temporal interesa al viejo Eastwood. Ahora que Obama, gran esperanza negra, encara con valentía la reforma del poderoso pool automovilístico de Detroit, cobra todo su simbolismo el Ford Gran Torino del título, encarnación de un modo de hacer industrial y empresarial que, capitalista y acumulador por naturaleza, todavía no había degenerado en el actual ladronismo financiero. Y ésta, creo, es la gran lección del respetado maestro: dentro de un esquema de reconocible americanismo (casa unifamiliar con porche y bandera, bien surtido garaje de bricoleur, fordiano curita irlandés, fetichismo del motor como ya ocurriera en Un mundo perfecto), nos está sugiriendo que ha sonado la hora de la renovación o muerte para una población cansada, anquilosada, abocada al fracaso civilizatorio. Que conviene adoptar el punto de vista de las víctimas de la historia (Cartas de Iwo Jima) y emprender, más pronto que tarde, un camino inexplorado de la mano de nuestros antiguos enemigos, un nuevo Thao que concilie los opuestos que, ufanos de nuestro modelo cultural, nos han conducido a las más altas cimas de la miseria.

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