Tintineo en la sopa
Hay unos niños (Peter y Steven) que se compran un juguete caro, con permiso de Madame Moulinsart, y se divierten con sus amigos, pidiéndonos a los demás una módica contribución al buen funcionamiento del ingenio. Yo, más modesto, el juguete me lo montaba solo, con aquellos tomos de editorial Juventud prestados a velocidad de vértigo del quiosco-biblioteca del Parque Grande, junto al Huerva, imaginando quizás futuros sabuesos o reporteriles, y, cuando junté algo de dinero, fui mercando los originales (Tonnerre! Mille sabords!) en las abarrotadas galerías de la plaza Madeleine y en el propio Centro Belga del Tebeo, uno de cuyos emblemas —el cohete rojiblanco— traje más tarde en un primoroso tubo azul, poco antes de su destrucción programada a manos de mi hijo. Que ahora nos calcemos gafas de ciego para ver "mejor" las aventuras del eterno garzón con fox terrier blanco responde a la lógica de espectacularizar hasta el último rincón de nuestro museo de la memoria, sin que el esfuerzo técnico y productivo (brillante) añada nada a lo que una imaginación hambrienta —hambre doble— había de sobras, y en mil direcciones, proyectado al conjuro de unas viñetas pre-cinematográficas. Capítulo aparte merecen estos no-actores que desaparecen, subalternos, tras un dibujo o textura o malla tridimensional. El palabro para esta forma de animación ("mocap", captura del movimiento) suena ya a falso, a escamoteo de la realidad ("mock-up", simulacro). No entro en cuestiones de género, que interesan sólo a los premiadores, pero el gremio de los cómicos está de luto si el viejo oficio de Molière lo puede defender cualquier quídam con habilidad para dar volteretas embutido en un arnés esmaltado de sensores: ya el cine de carne y hueso suprimía el sudor, el aliento, la saliva que alcanza y sacude las filas del teatro, pero este experimento (que tiene visos de durar, pese al traspiés de Zemeckis) podría muy bien llegar a prescindir de la presencia humana, apenas los ficheros informáticos hayan repertoriado nuestros gestos, clasificado nuestras singularidades. Entonces sí que tipos como Sakharine lograrán, cual galeón en botella, un control total del destino de la humanidad (!).

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